Embajada en HUNGRÍA

28 de enero. Ahora y siempre, el Circo de Hungría.

En 1969 mi padre me llevó al Estadio Luna Park de Buenos Aires para ver el Fövárosi Nagycirkusz que, con el nombre de “Circo Estatal de Hungría” llegaba por primera a la Argentina. Era la primera vez que yo escuchaba hablar de Hungría y, para un niño de seis años, el “primer encuentro” había sido perfecto. Ciertamente, luego visité muchos otros circos pero para mí la idea de los grandes artistas circenses siempre quedó ligada a Hungría, a aquellos trapecistas de movimientos perfectos y a la dulzura del gran payaso Gabor Eötvös. El 20 de enero pasado mi padre, ya fallecido, habría cumplido años. Ese mismo día fuimos con Fabrizio a disfrutar del Fövárosi Nagycirkusz (www.fnc.hu) en su propia sede de Állatkerti körút 12. El edificio está bien diseñado, con calefacción adecuada para este tiempo invernal, y una pista central que asegura muy buena visibilidad desde todas las butacas. El director del circo se llama József Richter y, como suele ocurrir en los circos tradicionales, varios miembros de su familia forman parte del espectáculo. La precisión y el coraje del equilibrista Lásló Simet (por momentos nos cortó la respiración) sorprende incluso a los más exigentes. También fue emocionante disfrutar del arte vertiginoso del malabarista Loránd Eötvös, digno familiar de aquel legendario payaso que me hizo reír hace cuarenta y cuatro años. Para mi hijo, habituado a los “new circus” sin animales, fue una inolvidable sorpresa ver actuar a elefantes, caballos, camellos, y hasta un toro (o algo muy parecido). Los “new circus” son una buena idea que demuestran que la disciplina se adapta a los cambios y sigue viva. Pero, por su parte, el “circo clásico” sigue teniendo un encanto particular por su dimensión humana, por su inocencia, y por obsequiarnos en cada función una selección de destrezas que no pretenden amalgamarse más allá del generoso encuentro de los artistas en el luminoso anillo de arena. Desde luego el “circo clásico” tiene además el encanto de lo que ha logrado perdurar en el tiempo con su espontaneidad artesanal, más allá de las generaciones y de los cambios tecnológicos. En esa larga y entrañable historia el Fövárosi Nagycirkusz tiene escrito un capítulo bien destacado. Después del desfile final, volvimos al auto comentando el espectáculo y con la satisfacción del ritual cumplido. Fabrizio me prometió que él también llevaría a sus hijos (en Budapest, en Buenos Aires o donde sea) a ver el circo húngaro. Definitivamente habíamos festejado el cumpleaños de su abuelo de la mejor manera posible. Las entradas anteriores de esta sección pueden leerse en:

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