Embajada en HUNGRÍA

Último adios a Vidampark

ULTIMO ADIOS A VIDAMPARK

Nos mudamos a Hungría en pleno invierno y al segundo día, bajo la nieve, caminamos con Fabrizio frente a la puerta de Vidámpark –el parque de entretenimientos de la ciudad- y nos asomamos por sobre sus alambrados con la morbosa ansiedad con que los depredadores acechan a su presa. Con un cruce de miradas y una palmada en el hombro la cita había quedado concertada.
Cuando llegó la primavera, fue dionisíaco. Vidámpark no es Disneyworld. Es un auténtico parque de diversiones con aires de kermesse de pueblo. Como el “Parque Japonés” del tango “Garufa” o el viejo “Italpark” de Buenos Aires, pero con ese toque de distinción discreto e indescifrable, tan propio de Budapest.
En un carrusel de 1906 los caballos, piezas de ebanistería, galopan con irreal placidez, como en una escena de cuentos. Los autos chocadores circulan en una pista cerrada donde el objetivo es atravesar un haz de luz que cambia de lugar cada cinco segundos, garantizando así choques permanentes e irreprochables. El tren del dragón pasea por un túnel donde una sucesión de maquetas animadas evoca momentos épicos de la historia del país narrada en los poemas de Sándor Petófí (nunca-nunca-nunca le digan a un húngaro que no saben quién fue Sándor Petófi).
Desde luego también están el tiro al blanco, la vuelta al mundo y todos esos juegos que giran a gran velocidad. Pero el plato fuerte es una montaña rusa, con estructura de madera y construida en 1922. Una verdadera obra de arte.
A esta altura del relato es fácil imaginarse que durante el verano fuimos varias veces y siempre regresamos exultantes (Fabrizio dormido y yo manejando). El 29 de setiembre volvimos a ir, pero esta vez fue muy especial porque esta vez fue realmente la última. Cuesta aceptarlo, pero el parque será cerrado para siempre. Dicen que no es redituable, que cuesta mantenerlo, que ahora los niños juegan en las consolas y que de esa forma podrán agrandar el jardín zoológico.
Una legión de nostálgicos triplicamos en ese domingo la concurrencia habitual al parque para darle  un último adiós a “Vidámpark”. Ciertamente fue un día de sensaciones agridulces. En las largas filas a veces nos mirábamos con la trémula complicidad de quienes comparten un destino injusto y no deseado. En el Laberinto del Terror, la momia y el monstruo de Frankestein inspiraban más compasión que miedo ¡Triste destino para un monstruo tener que salir a buscar empleo! Por momentos no lo puedo creer y,  una semana después, todavía no me resigno a sacarme por última vez la pulsera de plástico que servía como pasaporte a la infancia eterna que todos llevamos dentro.
Sin embargo yo sé muy bien que esto no puede terminar así. Debemos resistir. Todavía existen sitios seguros que no pueden ser alcanzados por las jaulas de las bestias, ni por los genios del planeamiento urbano, ni por los expertos en contabilidad. Países benignos dispuestos a darnos asilo cuando el mercantilismo nos acorrala.  Lugares como mi corazón de padre y, a partir de este párrafo, quizás también tu memoria querido lector. Castillos encantados donde Fabrizio siempre seguirá disfrutando del vértigo de una montaña rusa de madera.  Allí Drácula y el Hombre Lobo gozan de plena libertad  para poder asustarnos sin ningún remordimiento.
Y el carrusel seguirá girando.

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